En la pared del gimnasio del instituto había un cartel escrito con rotulador rojo que decía:
"Sólo intentando lo imposible es como se realiza todo lo posible".
Yo era una recién llegada al instituto. Ex de un colegio de monjas, ex gordita, ex líder de mi propio equipo de fútbol femenino que creé yo y que más de un disgusto de ocasionó con las monjas porque ellas no eran partidarias de los partidos que echábamos a los chicos en los que se nos veía continuamente la combinación bajo la falda del uniforme.
Jamás me había depilado aún, apenas me había preocupado por eso en el colegio. Pero era todo distinto ahora. Mis compañeras que antes quería entrar en mi equipo ahora se preocupaban más por si acaso las miraba un chico rubio con ojos azules que había en la clase de al lado. A veces alguna venía maquillada y me decían: "¿pero cómo no te arreglas esas cejas?"
Yo me encogía de hombros. Aquello era un mundo extraño.
Me gustaban los chicos, es cierto. En octavo de EGB bebía los vientos por uno de mis compañeros, el más malo de la clase, que nunca me hizo caso. En primero de BUP pasaba un poco de ellos. Me tomaron como la compañera rara, gordita, tímida, de la que poder reírse un rato entre clase y clase.
Por eso aquel cartel del gimnasio de abrió los ojos. Iba a plantarle cara a los imposibles para hacerlos certeza. Todos los días antes de empezar la clase, me sentaba justo enfrente y lo leía varias veces, para que se me grabara en la memoria. Luego, comenzaba la sesión.
La Educación Física de primero de BUP fue mi caballo de batalla junto al Dibujo Técnico. Con ambas lo pasé fatal y se convirtieron en mi particular valle de lágrimas. Incluso eché de menos las clases con aire militarista de don Salvador, el profesor del colegio. Conocí los aparatos de gimnasia deportiva a la perfección. Quedé clavada en mitad del plinto y del caballo. El potro se me daba bastante bien. Ya cuando hice mis primeras prácticas de Magisterio en el colegio pasaba las horas muertas saltándolo. Incluso llegué a montarlo para mí sola. Suspendía una y otra vez. No me motivaba nada correr, hacer el Test de Cooper se había convertido en un infierno y las carreras de resistencia monte a través empezaban a quitarme el sueño.
Entonces me sentaba y miraba el cartel. Una y otra vez. "Sólo intentando lo imposible es como se realiza todo lo posible". Como una diapositiva dentro de mi cabeza.
Cuando suspendí la primera evaluación, mi madre fue a hablar con el profesor que le dijo que lo mío era un problema de 'pata floja'. Ella, que se tomaba bastante en serio mis malos resultados en las asignaturas de empollar y letras, vino a decirme que no me preocupara, que ya saldría. "¿Dónde ha sido la reunión, madre?", le pregunté. "En el gimnasio". "¿Y has visto el cartel?". "¿De qué cartel me estás hablando?. Supe que no entendió nada.
La segunda evaluación volví a suspenderla, y en la tercera terminé acudiendo a los exámenes de suficiencia, a la 'hora de los malditos' que es como los llamábamos entre nosotros, los compañeros de clase. Viendo que la Selectividad peligraba y sin que yo supiera nada, mi madre fue a hablar con el profesor. "Si ganas sí que le pone, pero es que no le sale nada", le dijo. "Pues le encanta el deporte, de hecho, en el colegio ella solita se encargó de hacer un equipo de fútbol con sus compañeras de clase. Si a usted le parece bien, podría animarla a que propusiera uno igual aquí en el instituto". "Su hija es complicado que haga algo dentro del mundo de la Educación Física, señora".
Años más tarde, me gradué como maestra en Educación Física y comencé a prepararme las pruebas físicas de acceso a INEF, que pasé con buenos resultados dos años más tarde.
Entonces, justo cuando pasaba por la línea de meta de la prueba de los 1.000 metros, con la marca más que superada, apareció difuminado ante mis ojos ese cartel: "Sólo intentando lo imposible es como se realiza lo posible".
...los pelos de punta,Berti!!! me ha encantado leerlo.....un beso!!
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