A veces la vida tiene el detalle de sorprenderte de un día para otro. Y no siempre estás preparado. Cuando el médico me dijo que mi pequeño bebé nacería el viernes comenzaron las preguntas a rondar por mi cabeza, a pesar de ello, tengo la cualidad de no ponerme nerviosa ante estas cosas y sí ante aquellas más nimias. Pensé que sería un buen momento para verle su carita, para empezar una nueva vida juntos, aclimatándonos el uno al otro, y sobre todo, conocer en persona al que me había molido a patadas las costillas durante los tres últimos meses de embarazo.
La noche del jueves dormí mucho. No tenía ninguna sensación de miedo, incertidumbre o cualquier sentimiento parecido ante el parto. Supongo que esta tranquilidad se debía a que tenía el convencimiento firme de que todo saldría bien, de que en poco tiempo escucharía el llanto de Adrián por primera vez (ay, la primera de muchas) y podría recostarlo conmigo y acariciarle la cabeza.
Entramos en el Hospital a las ocho de la mañana, bien desayunada porque ya no comería ni bebería nada hasta nueva orden, básicamente hasta el día siguiente. Familiares en la sala de espera y en la distancia (sólo yo sé lo que eché de menos a mi hermano Curro y a Paloma, los dos por motivos laborales más lejos de mí de lo que me gustaría). Pasaron un par de horas en la habitación hasta que se formalizó el ingreso. Ya estábamos empezando el intenso día. Apagué el teléfono. Mis amigos más madrugadores me escribían que tranquila, que no pasaba nada, que todo iría bien. Y yo miraba la pantalla y me encogía de hombros y pensaba; "No se puede estar más tranquila que yo en estos momentos". De cuando en cuando acariciaba la barriga y mi bebé me respondía con sus pequeñas patadas de las ocho de la mañana.
Las ganas de verle la carita aumentaron.
Trajeron uno de esos camisones horribles de hospital. Yo llevaba los míos, perfectamente floreados y cómodos, en la bolsa blanca con lacitos azules. Mi madre se había empeñado en comprar una para la ocasión porque decía que llevar la de deporte de la natación no era serio. Que había que ir a tono con los actos. Así que compré una muy de bebé celeste y blanca, muy suave.
Pero nada. No sirvieron de nada mis caritas de "por favor, este horrible camisón quítalo de mi vista" y mi marido aprendió rápidamente a intentar cerrar con lazos imposibles, los atuendos hospitalarios. Vino a por mí una enfermera. Salimos de la habitación. ¿Llevas el teléfono? Le pregunté. A tope de batería. Podíamos ir informando al personal que quedó en la sala de espera.
Sobre las diez y media de la mañana, ya estaba en la conocida como sala de dilatación, un espacio de color verde y blanco, con fotografías de Anne Gedes de bebés entrañables y algunas revistas del corazón bastante caducadas (admiro a quien puede leer las últimas novedades en el caso Chabelita mientras las contracciones te parten por dentro). El matrón se presentó rápido. Era granadino, como yo, y llevaba en la mano un muy apetecible tarro de gominolas para los acompañantes. "Para tí nada", decía. "Lo tienes prohibido". Mi marido se alimentó aquel día de caramelos. La dieta que todos hemos envidiado alguna vez.
Pasaban las horas y llegó el médico, Nos atendía a las dos, a la chica que había en la habitación de al lado aquello le parecía totalmente rutinario. Estaba embarazada de su tercer hijo, en este caso una niña, y su marido atendía las llamadas de teléfono con total fluidez. Nos enteramos de muchas cosas, de las veces que llamó a su madre y de que su padre estaba en Argentina. A ella le gustaba Luis Fonsi y él no tuvo reparo alguno en ponerle la música en el móvil. Está bien eso, pensé. Y le pedí a mi marido que me pusiera alguna de Ismael Serrano. "No podemos jugárnosla a que me quede sin batería, porque hay que informar a los que están arriba", me contestó serio. Me pareció convincente.
Seguían pasando las horas y él empezó a levantarse para estirar las piernas. El matrón le recomendó que visitara el paritorio. Fantástico emplazamiento para hacer turismo, pensé. Y lo mismo debió de pasarle a él porque enseguida regresó a su butaca azul. Yo no dilataba, las contracciones eran cada vez más fuertes y cuando veía aparecer al matrón por la puerta y acercarse a la máquina de la oxitocina me hacía gracia. ¿Vas a subirla de nuevo?
Fue cesárea. Todo perfecto. Le oí llorar enseguida. Nació en medio de un profundo y fortalecedor llanto y con los ojos abiertos para que no se le escapara detalle de ese nuevo mundo que ahora respiraba. El médico lo mostró por encima de la sábana verde que me tapaba la visión y pude contemplarlo unos segundos antes de que se lo llevara el pediatra.
Al poco rato volvió el matrón. El médico estaba haciendo su particular obra de arte con mi cicatriz. "Estate tranquila, el bebé ya está con su padre". "¿Y está bien?", le pregunté. "Llorando". "¿El hijo o el padre?" ¿Los dos". Fue sin duda uno de los momentos más emocionantes.
En la sala de reanimación tuve a mi pequeño en brazos por primera vez. Con un gorrito azul que le quedaba grande y unas manoplas que no le gustaban nada de nada y que no dudaba en quitarse cada vez que las sentía en las manitas. No lloraba. Estaba bastante cansado. Se apoyaba en mi brazo y yo le cogía la cabecita. Por eso, cuando el matrón me dijo que traían una de las cunas de metacrilato de las que usan en los hospitales estuve a punto de decirle que no, que se dejara de esas cosas y permitiera que mi pequeño estuviese a mi lado un poquito más.
El resultado es que Adrián ya está con nosotros, que es un bebé muy sano y fuerte, y que cada día que pasa estamos más enamorados de él. Aunque, de momento, esta mamá no se ha quitado la L de prácticas...
....k bonito Berti.....no sabes como te envidio!!!.....un besazo para los tres!!
ResponderEliminarLo vas a hacer genial vecina, ya lo verás
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