No sé bien por qué le bautizamos así. Ni siquiera el motivo de pronunciar de ese modo su sombre, así rollo pintxo, como si hubiésemos venido del mismo Bilbao en lugar de Motril (muy noble y leal ciudad de). El caso es que un verano apareció por las paredes del dormitorio una pequeña lagartija que corría como alma que lleva el diablo, recorriendo el gotelé para arriba y para abajo, ante la atónita mirada de las tres moradoras del dormitorio. Las tres compartíamos espacio. Mi madre había colocado fuera a mi hermano porque necesitaba su territorio, enseguida equipado con un enorme póster del Real Madrid y el 'futbolín grande con patas' que tantas veces había pedido a los Reyes Magos y que, verano a verano, viajaba con él a pasar unos meses a Torrenueva.
Aquella noche hacía calor. Imagino que el bitxo Karolina entraría por alguna de las ventanas abiertas. Nuestro piso, aparte de dar al jardín de la casa de abajo, también lo hacía a una zona en la que había muchos árboles, uno de los cuales metía una rama enorme en el balcón que a mi padre le servía de sombrilla natural para sus momentos de periódico, Coca Cola y desconexión, y a nosotras para plagarla de muñecos recortables que diseñábamos con ayuda de la tía Chabela. La rama parecía, durante el estío, un colorido árbol antesala del de Navidad.
La primera vez que vimos al bitxo Karolina, acabábamos de apagar la luz. Apenas si entraba la de la farola que alumbraba el pasillo de entrada a la Urbanización, para que nadie se cayera durante la noche por el camino de empedrado torreño (con algunos retales de lo que fue el romano, que quieras o no, siempre es una inspiración). Estaba apoyado en la pared. Lo vimos fugazmente, pero ante la amenaza de que fuera una cucaracha de las rojas voladoras, sonó un grito a tres voces.
- ¡La luz, enciende la luz, hay un bicho!
Ahí estaba. Tan tranquila. Porque decidimos en el acto, que era hembra. Tenía mucho más glamour y sentido que nos visitara una lagartija fémina. Podríamos terminar hablando de nuestras cosas y compartiendo el bote de colonia Chispas. No se movía. Estaba ahí. Simplemente. Posada en la pared, bien agarrada al gotelé, viendo la vida pasar. Nos acercamos. Bueno, me acerqué yo porque la pared en la que estaba pertenecía a mis dominios y mis hermanas relegaron en mí por consiguiente tan ardua tarea de investigación. Ellas dos contemplaban lo que sucedía sentadas en la cama de la otra punta, por si acaso era una lagartija con alas de duende y nos sobrevolaba a todos.
- Es una lagartija, parece. - confirmé.
- Tócala a ver si se mueve.
Esas ya eran palabras mayores, que una sólo interaccionaba continuamente con el campo, los bichos bola y alguna que otra hormiga, durante los meses de verano.
- Yo no la toco. - contesté segura.
- Pues tú verás, porque está en tu lado de la cama y te va a tocar dormir a tí con ella al lado. Mejor saber si está muerta o viva, ¿no?
Razonamiento lógico, por otro lado. Me acerqué con mucho sigilo y un folio doblado y le toqué la cola. Salió corriendo como una pobre lagartija asustada y se metió encima del armario.
- ¡Ya la has liado! Ahora tendremos que dormir sin saber dónde está.
- ¿Pero no queríais que la tocara para ver si estaba viva? ¡Ya veis que sí lo está!
Ante ese razonamiento pesado nos quedamos dormidas. Decidimos llamarla Karolina pero le pusimos delante lo de bitxo para darle más categoría. No sabíamos enmarcar a las lagartijas en su hábitat natural cuando éstas entran sin avisar en los dormitorios.
A la mañana siguiente nos asomamos al armario para ver si la veíamos. No estaba. Seguramente se habría ido por la ventana a medianoche. A la hora de comer, contamos con todo lujo de detalle lo que había pasado. Llenas de orgullo, presumíamos de haberla mandado de vuelta a su medio natural, aunque no contamos que estaba en el armario, vete a saber dónde. Mi hermano no le prestó demasiada importancia. Estaba demasiado ocupado ordenando su calendario de citas: con mi primo para coger semillas, y luego para echar una partida de futbolín. Por la tarde piscina, playa o lo que se tercie. Siempre ha sabido aprovechar muy bien las vacaciones.
Aquella noche, el bitxo Karolina regresó a las paredes del dormitorio. Y de nuevo hubo que echarlo. No sé bien dónde terminó, porque en esta ocasión lo largué con las luces apagadas.
- Si aparece de nuevo lo atrapamos con el bote de Nescafé y lo soltamos en el jardín de la casa de abajo por la mañana.
Nos pareció buena idea y le dimos la enhorabuena a mi hermana Julia, que había demostrado ya en pasadas ocasiones ser una enamorada de los animales y el bitxo Karolina, por más lagartija que fuera, tenía derecho a respirar en libertad y comer moscas o lo que sea que comen ellas.
No volvió más. Imagino que encontraría otro paraíso idílico que en lugar de gotelé tuviera hojas verdes y algunas hormigas que llevarse a la boca. Una tarde, mi padre nos llamó porque en la rama bajo la que solía ponerse a leer había aparecido una lagartija pequeñita.
- ¡Karolina! - gritamos mientras salíamos a contemplarla.
Nos miró con los ojos un poco entornados. Se encogió de hombros y dijo:
- Yo siempre las he llamado lagartijas... o salamandras... ¿Karolina?
....jajaja....sí...así era tu padre!!! jajaja....me parece k lo estoy viendo....un besote!!
ResponderEliminar